Como cada 10 de mayo, en México se celebra el Día de las Madres, una fecha dedicada a reconocer su trabajo, esfuerzo y la importancia de su figura dentro del núcleo familiar. Más allá de los festejos, esta fecha busca fomentar valores como el respeto y la gratitud hacia quienes nos dieron la vida.

Millones de familias en todo el mundo rinden homenaje a las figuras maternas, muchas de las cuales han dejado una profunda huella en la historia y en la sociedad. recordemos a tres mujeres que dejaron huella en la historia de México siendo madres y pioneras en sus ámbitos.

Emma Encinas, la primera piloto mexicana

Emma Catalina Encinas Aguayo nació el 24 de octubre de 1909 en el Mineral de Dolores, Chihuahua. Fue hija de Manuel de Jesús Encinas Cañizares y María de Jesús Aguayo Cañizares. Debido a los estragos de la Revolución Mexicana, a los cinco años su familia se vio obligada a emigrar a los Estados Unidos.

Tras dos años de estudios en el extranjero, Emma regresó a Chihuahua y abrió una escuela de baile en la esquina de las calles Ocampo y Aldama, justo donde estaba su casa. Sin embargo, su verdadera pasión era volar. Por ello se inscribió en una escuela de aviación, donde realizó sus prácticas a bordo de un biplano Spartan, bajo la instrucción del aviador Ricardo González Figueroa.

Emma logró convertirse en la primera mujer piloto en México, abriendo el camino para muchas otras mujeres en la aviación.

La primera mujer en encender un pebetero olímpico

La joven atleta Enriqueta Basilio Sotelo tenía 20 años cuando encendió el pebetero olímpico en el Estadio de Ciudad Universitaria durante los Juegos Olímpicos de México 1968. Ese momento histórico la convirtió en la primera mujer en realizar este acto simbólico. Solo otra mujer ha repetido el honor: Cathy Freeman, en Sídney 2000. Dos años después, Enriqueta se convirtió en madre por primera vez.

Nació el 15 de julio de 1948 en Mexicali, Baja California. El anuncio de que sería la portadora de la antorcha olímpica , símbolo de unión entre los pueblos del mundo,  fue su regalo anticipado de cumpleaños. El arquitecto Pedro Ramírez Vázquez le comunicó la noticia apenas unas horas antes de que cumpliera 20 años.

Sin embargo, le advirtió con seriedad: “Nadie puede saber que tú eres la elegida”. Así, como si se tratara de un secreto de Estado, Enriqueta guardó silencio hasta el día en que hizo historia frente al mundo.

La mamá justiciera a quién Zapata nombró coronela

Juana Belén Gutiérrez Mendoza es uno de los rostros casi anónimos de la Revolución Mexicana. Nació el 27 de enero de 1857 en San Juan del Río, Durango, en una familia de escasos recursos. A los catorce años contrajo matrimonio con el minero Cirilo Mendoza Limón, a quien ella misma enseñó a leer y escribir. Imaginemos lo que significaba casarse a tan corta edad, cuando aún se transita entre la niñez y la adolescencia; para Juana, sin duda, fue un giro radical en su vida.

Poco después de casarse, se integró a un círculo de discusión política liberal en Chihuahua, encabezado por los hermanos Flores Magón y Camilo Arriaga, cuyo objetivo era derrocar al régimen porfirista. Con su esposo tuvo tres hijos: Santiago, Laura y Julia.

A los 22 años, Juana ya era una mujer con firmes ideas revolucionarias y decidió incursionar en el periodismo. En uno de sus textos, por el cual fue encarcelada, denunció las condiciones infrahumanas en las que trabajaban los mineros en Chihuahua. Su lucha incansable por la justicia social le valió el respeto de Emiliano Zapata, quien la nombró coronela, un hecho excepcional para una mujer de su tiempo.